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El Reino de los Cielos

martes, julio 11, 2006

Que Ridley Scott es uno de los directores más importantes de la industria de Hollywood es un dato incontestable con tan solo echar un leve vistazo a su filmografía: "Blade Runner", "Alien" o "Thelma y Louise" son clara muestra de ello. Pese a esto, tampoco es menos cierto que todo buen escribano puede tener algún borrón, y aunque sinceramente pensaba que con la insufrible "Teniente O´Neal" ya se había cumplido el cupo con creces, estaba equivocado.

Tomando la línea

Hace un lustro, Scott estrenó "Gladiador", más de cien minutos de cine de calidad en los que se mezclaban épica, emotividad y espectacularidad. Su protagonista era el camaleónico Russell Crowe, que pese a ese aspecto de tabernero galés, ha conseguido siempre llenar completamente la pantalla en cualquiera de sus apariciones cinematográficas.

Desde la citada narración de la vida del romano Maximus, muchas han sido las películas que, intentado seguir la estela de ésta, se han centrado en mostrar relatos seudo-históricos generalmente carentes de calidad en sus guiones y, por que no decirlo, en sus repartos. Entre estos ejemplos encontramos "joyas" como "Arturo", con un fútil Clive Owen al que sus fieles defienden con el frágil argumento de su pasada nominación a los Oscar, premios –por otra parte- carentes de cualquier tipo criterio (y si no que alguien me explique como Tom Hanks tiene el doble de galardones que Al Pacino).

Lamentablemente, a esta nómina de intentos sin éxito habrá que unir ahora "El Reino de los Cielos", obra que nos ocupa en estas líneas y que no llega más allá de ser una película para pasar el rato después de comer y servir de previa a "Pasión de Gavilanes".

La historia

Nos encontramos en la fascinante Edad Media, Balian (Orlando Bloom), un pobre herrero sin futuro en su aldea tras cometer un atroz crimen para vengar la muerte de su familia recibe una inesperada visita. Se trata de un noble caballero reconocido por el rey de Jerusalén, Godofreo de Ibelin, que ante la sorpresa de nuestro herrero resulta ser su padre.
Godofreo ha recorrido media cristiandad en busca de su hijo ilegítimo para que le acompañe a Tierra Santa a luchar en las Cruzadas. Aunque al principio no estaba muy por la labor (¿quién estaría contento de ir a una guerra a matar musulmanes sin ser un soldado yankee de 110 kilos?), finalmente sucumbe ante la idea de un destino donde empezar de nuevo y expiar sus pecados.

Pero a mitad de su aventura, el señor de Ibelin muere, siendo su único hijo el heredero de su tierra y su título en la ciudad de Jerusalén, una tierra sacudida por la guerra y dividida en dos grupos que pugnan por imponerse. De un lado, aquellos que persiguen la guerra contra los infieles, por otro aquellos que creen en una convivencia pacífica entre las distintas culturas y religiones. Por su parte, los musulmanes, encabezados por el enigmático Saladino se mantienen alerta a las puertas de Jerusalén ante la posibilidad de recuperar la Ciudad Santa.

Es en este inestable momento cuando nuestro joven e inexpresivo protagonista cruzará su destino con el de la joven, hermosa y casquivana princesa Sibylla, hermana de un rey moribundo bajo cuyo mando servirá en lo que se convertirá en el reto más importante de su vida.

Se trata, en resumen, de una buena premisa que con el paso del metraje va quedándose en maletas de un viaje a ninguna parte, pese a que nos vemos rodeados de un completísimo trabajo de producción y una interesante narración que nos dan motivos para ver por completo la historia protagonizada por un Orlando Bloom al que su paso por la Tierra Media le ha salido muy rentable.

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Be Cool

Allá por el año 1977 una película logró revolucionar el panorama cinematográfico de la época. Se trataba de “Fiebre de Sábado Noche”, paradigma de la música disco y reflejo de la sociedad americana de clase media-baja. Su protagonista, Tony Manero, una especie de macarra de recreativos con el cuello almidonado y representado por un hasta entonces desconocido John Travolta. Este filme supuso el lanzamiento al estrellato de su por aquel entonces imberbe protagonista, que tras éste protagonizó otro destacado título musical, Grease.
Parecía el típico camino de vino y rosas para el chico del hoyuelo: guapo, buen bailarín e ídolo de jovencitas.

Sin embargo, una serie de malos consejos traducidos en erróneas medidas le sumieron en un profundo coma cinematográfico. Entre estas “brillantes” decisiones quedan perlas como la de rechazar los papeles protagonistas de “Oficial y Caballero” o “American Gigoló” -para dicha del budista con aspecto de recién levantado Richard Gere- a fin de aceptar otros del calado de “Impacto”, “Cowboy en la ciudad” o “Tal para cual”.

Muchos años hubieron de pasar hasta que el visionario director Quetin Tarantino logrará sacar a Travolta de un colapso tan sólo interrumpido por esa infame saga de niños parlanchines, cuyo doblaje perpetrado por Moncho Borrajo y Rosa María Sardá, logró sacarnos de quicio a finales de los ochenta y principios de los noventa.

El retorno

El actor, tan pasado de kilos como de años, bordó el papel de Vicent Vega en uno de los gajos de ese cítrico mosaico de historias titulado “Pulp Fiction” en el que compartía cartel con estrellas como Samuel L.Jackson, Bruce Willis o Uma Thurman, con la que protagonizó uno de los bailes más recordados de la historia del cine, moviéndose a golpe de cadera al compás de “You never can tell”.

El empujón de Tarantino significó todo un espaldarazo para Travolta, el cual volvió a ser conocido (y reconocido) en la esfera internacional; pese a lo cual no aprendió de pasados errores y continuó alternando auténticos petardos fílmicos con películas en las que el cienciólogo (¿qué les dará esta Iglesia?) supo sacar a relucir todo su talento.
Dentro de este último grupo se encuentran personajes como el de Chili Palmer en “Cómo conquistar Hollywood”, adaptación de una novela de Elmore Leonard dirigida por Barry Sonnenfeld, un fotógrafo experimentado que consiguió la fama como director con “La familia Adams”.

Este pícaro mafioso de ojos azules no sólo conquisto la meca cinematográfica como reza el título, sino también a millones de espectadores, lo que ha supuesto su regreso una década después, intentando ahora aplicar su talento para los negocios en el mundo de la música.
Tras el asesinato de uno de sus grandes amigos, (James Woods), Chili se ve en la obligación moral de visitar a su desconsolada viuda Edie, (Uma Thurman) a la que encuentra desvalida al frente de un decadente sello discográfico condenado al fracaso sin una voz de talento a la que lanzar al estrellato. Chili, conocedor de las intenciones de su desaparecido colega, intentará fichar para la compañía a una prometedora artista llamada Linda Moon (Christina Milian).

Pero lejos de ser una tarea sencilla, Palmer se verá envuelto en una complicada trama, en la que tendrá que aplicar todo su ingenio, al más puro estilo Corleone, para quitarse de en medio al agente de la chica, a un voraz productor y a un grupo de peligrosos mafiosos rusos que se compincharan para truncar sus planes.

Vuelta a la comedia

No encontramos, pues, ante una de las comedias más esperadas de la temporada, que si bien es bastante entretenida para ocupar una tarde dominical, no logra superar las expectativas sembradas por su antecesora.

A pesar de ello, el director F. Gary Gray, ha sido capaz de situar varios guiños de notable calidad a lo largo de esta alocada trama que logra aunar los talentos de grandes estrellas del celuloide actual, como los citados Travolta, Thurman o Danny Devito y Harvey Keitel, aunque todos se ven eclipsados por la sorprendente, a la par que hilarante, actuación de uno de los más duros, The Rock, muy alejado de su estereotipo habitual al convertirse en un matón sentimentaloide que comparte sueños con los chicos de la academia más famosa de la televisión y al que más vale no dar la espalda.

No podemos terminar si mencionar el espectacular versión del Cryin que se marca la pizpireta Christina Milian y el cabecilla de los Aerosmith, y mucho menos el reencuentro de Travolta con la pista de baile, que sin embargo nos demuestra que cualquier tiempo pasado fue mucho mejor.

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